Traducción: Prologo de The Power - Naomi Alderman.
-
Video original: https://youtu.be/QVrXtAHWl04?si=kcyRMwoJEb2PTsNO hasta el minuto 7:50
***
La forma del poder es siempre la misma: es la forma de un árbol. De la raíz a la copa, un tronco central que se ramifica y se vuelve a ramificar, extendiéndose cada vez más en dedos buscadores cada vez más delgados. La forma del poder es el contorno de un ser vivo que se tensa hacia fuera, enviando sus finos zarcillos un poco más lejos, y un poco más lejos todavía.
Esta es la forma de los ríos que desembocan en el océano: los hilos de agua se vuelven riachuelos, los riachuelos arroyos, los arroyos torrentes; el gran poder se acumula y brota, haciéndose más fuerte para arrojarse a la gran fuerza marina. Es la forma que crea el rayo cuando cae del Cielo a la Tierra; el cabello bífido en el cielo se convierte en un patrón sobre la carne o sobre la Tierra. Estos mismos patrones tan distintivos florecen en un bloque de acrílico cuando recibe el impacto de la electricidad. Enviamos corrientes eléctricas por hileras ordenadas de circuitos e interruptores, pero la forma que la electricidad quiere tomar es la de un ser vivo: un helecho, una rama desnuda, el punto de impacto en el centro, el poder buscando un objetivo hacia fuera.
Esta misma forma crece dentro de nosotros: nuestros árboles interiores de nervios y vasos sanguíneos, el tronco central, las vías que se dividen y se vuelven a dividir, las señales transportadas desde la punta de nuestros dedos hasta la columna, hasta el cerebro. Somos eléctricos; el poder viaja dentro de nosotros tal como lo hace en la naturaleza.
«Hijos míos, nada ha sucedido aquí que no haya sido de acuerdo con la ley natural. El poder viaja de la misma manera entre las personas. Debe ser así. Las personas forman aldeas, las aldeas se convierten en pueblos, los pueblos doblan la rodilla ante las ciudades, y las ciudades ante los estados. Las órdenes viajan desde el centro hacia las puntas; los resultados viajan desde las puntas hacia el centro. La comunicación es constante. Los océanos no pueden sobrevivir sin los hilos de agua, ni los troncos firmes de los árboles sin los brotes, ni el cerebro entronizado sin las terminaciones nerviosas. Como es arriba, es abajo; como es en la periferia, así es en el mismísimo corazón.
Por lo tanto, se deduce que hay dos maneras de que la naturaleza y el uso del poder humano cambien. Una es que una orden emane del palacio, un mandato hacia el pueblo que diga: "Es así". Pero la otra —la más segura, la más inevitable— es que esos miles y miles de puntos de luz envíen, cada uno, un nuevo mensaje. Cuando el pueblo cambia, el palacio no puede sostenerse. Como está escrito: Ella acuna el rayo en su mano; ella le ordena golpear».
— Del Libro de Eva, 13–17.
Faltan diez años.
Roxy. Los hombres encierran a Roxy en el armario cuando lo hacen. Lo que no saben es que a ella ya la han encerrado en ese armario antes. Cuando se porta mal, su madre la mete ahí solo unos minutos hasta que se calma. Poco a poco, a lo largo de las horas que ha pasado ahí dentro, ha ido aflojando la cerradura usando una uña o un clip en los tornillos. Podría haber quitado esa cerradura en cualquier momento que hubiera querido, pero no lo hizo, porque entonces su madre habría puesto un cerrojo por fuera. Le basta con saber, sentada allí en la oscuridad, que si realmente quisiera, podría salir. El conocimiento es tan bueno como la libertad. Por eso se cree que la han encerrado a buen recaudo, pero ella aun así sale. Así es como ella lo ve.
Los hombres llegan a las nueve y media de la noche. Se suponía que Roxy iba a ir a casa de sus primos esa noche; se había organizado desde hacía semanas. Pero le había respondido mal a su madre porque no le había comprado las medias correctas en Primark, así que su madre le dijo: «Tú no vas a ninguna parte, te quedas en casa». Como si a Roxy le importara una mierda ir a la casa de sus fastidiosos primos, de todos modos.
Cuando los tipos tiran la puerta abajo a patadas y la ven allí, de morros en el sofá junto a su madre, uno de ellos dice: «¡Joder, la niña está aquí!».
Son dos hombres: uno más alto con cara de rata, el otro más bajo y de mandíbula cuadrada. Ella no los conoce. El bajo agarra a su madre por el cuello. El alto persigue a Roxy por la cocina. Ella está casi en la puerta trasera cuando él la agarra por el muslo. Ella se cae hacia delante y él la sujeta por la cintura. Ella da patadas y grita: «¡Suéltame, joder, déjame ir!», y cuando él le pone una mano en la boca, ella le muerde tan fuerte que saborea la sangre. Él suelta una maldición, pero no la suelta a ella. La lleva en brazos por el salón. El bajo ha empujado a su madre contra la chimenea.
Roxy siente que algo empieza a acumularse dentro de ella en ese momento, aunque no sabe qué es. Es solo una sensación en la punta de los dedos, un hormigueo en los pulgares. Empieza a gritar.
Su madre grita: «¡No le hagas daño a mi Roxy! ¡No le hagas daño, joder! No sabéis en lo que os estáis metiendo. Esto os va a caer encima como el fuego. ¡Vais a desear no haber nacido! ¡Su padre es Bernie Monke!».
El bajo se ríe. «Precisamente venimos a traerle un mensaje a su padre».
El alto mete a Roxy en el armario de debajo de la escalera tan rápido que ella no se da cuenta de lo que pasa hasta que la oscuridad la rodea junto al olor dulce y polvoriento de la aspiradora. Su madre empieza a gritar. Roxy respira deprisa. Tiene miedo, pero tiene que llegar hasta su madre.
Gira uno de los tornillos de la cerradura con la uña. Uno, dos, tres giros, y sale. Una chispa salta entre el metal del tornillo y su mano. ¿Electricidad estática? Se siente rara, concentrada, como si pudiera ver con los ojos cerrados. El tornillo de abajo: uno, dos, tres giros.
Su madre dice: «Por favor, por favor, no... por favor, ¿qué es esto? Es solo una cría, es solo una niña».
Uno de los hombres suelta una risa baja. «A mí no me ha parecido una niña».
Su madre suelta un chillido entonces. Suena como metal en un motor estropeado. Roxy intenta calcular en qué parte de la habitación están los hombres. Uno está con su madre, el otro... oye un sonido a su izquierda. Su plan es: saldrá agachada, le dará al alto en la parte posterior de las rodillas, le pisoteará la cabeza. Luego será un dos contra uno. Si tienen armas, no las han enseñado. Roxy ya se ha peleado antes. La gente dice cosas sobre ella, sobre su madre y sobre su padre. Uno, dos, tres...
Su madre vuelve a gritar, y Roxy arranca la cerradura de la puerta y la abre de un golpe con todas sus fuerzas. Tiene suerte; pilla al hombre alto por la espalda con la puerta. Él tropieza, se tambalea. Ella le agarra el pie derecho cuando este se levanta y él cae con fuerza sobre la alfombra. Se oye un crujido y le empieza a sangrar la nariz.
El hombre bajo tiene un cuchillo presionado contra el cuello de su madre. La hoja le guiña un ojo, plateada y sonriente. Los ojos de su madre se abren de par en par.
«Corre, Roxy», dice, no más que un susurro, pero Roxy lo oye como si fuera dentro de su cabeza. «Corre».
Roxy no huye de las peleas. En el colegio, si haces eso, nunca dejarán de decir que tu madre es una fulana y tu padre un delincuente. «Cuidado, que Roxy te mangará el libro». Tienes que pisotearlos hasta que supliquen. No se huye.
Algo está pasando. La sangre le bombea en los oídos. Un hormigueo se le extiende por la espalda, por los hombros, por la clavícula. Le está diciendo: puedes hacerlo. Le está diciendo: eres fuerte.
Comentarios
Publicar un comentario