Relato del libro de Mr. Jagger: Yabin y el asedio a Jebet.
Jamás se olvidará de aquel día Yabin, que conoció Jebet de la peor manera. Al pobre solo le enseñaron a tirar de cuerdas y poleas, apenas aprendió a empuñar una espada cómo cualquier mujandi. El asedio a Jebet comenzó con una jornada de calor, un monótono trajín de cuerdas y gritos a los que obedecer. Yabin se había acostumbrado a que le gritaran, y prefería trabajar a voces entre la maquinaria de los pillante que a morir de cualquier manera en el desierto.
Promesa.
El día del asedio, Yabin operaba el ariete del brazo derecho de un enorme pillante así que desde allí podía ver todo el campo de batalla, a sus hermanos en las dunas avanzando lentamente, parapetados bajo cúpulas de caño que habían desplegado sobre sus cabezas. Y frente a él, la muralla de Jebet, blanca, muda e invencible, alzándose con la altura de veinte hermanos y colmada por lo que parecía un jardín frondoso y salvaje. Cuentan que tras esa muralla les esperaba tanta agua que ni en mil vidas se acabaría.
Linea recta tras las orejas.
Usaba todo el peso de su cuerpo para tirar de cada cuerda, y empujar cada palanca en el momento exacto en el que se le era dicho. Desde la cabeza del pillante, los Mujandi Rayi calculaban distancias, fuerzas y parábolas a toda velocidad. El portavoz Urman traducía sus resultados en órdenes gritándoles desde lo más profundo de sus pulmones. Así los pillante encabezaron el asedio, avanzando a zancadas sobre las dunas.
Los colores del umbral.
Lo cierto es que a Yabin no le gustaban las cosas nuevas, siempre se sintió bastante seguro entre la madera y los resortes. Pero aquel día al apurar la mirada desde el hombro de aquella criatura, vio cosas nuevas sobre la muralla de Jebet, demasiadas cosas nuevas. Entre los jardines que cubrían la ciudad, una flor tan grande como un hermano se abrió en una boca de pétalos azules, le siguió otra flor, y otra, y otra hasta que la fachada de Jebet quedó cubierta por una constelación de flores gigantescas. Algo se removió dentro de Yabin.
Seso y madera.
La voz de Urman no se inmutaba, seguía articulando las piernas de la embarcación como llevaban buenas horas haciendo. Yabin imaginó que quería llegar cuanto antes a la muralla para demolerla con los arietes de sus brazos, pero no le gustaba la pinta de esas gigantescas flores azules. Bajo él, nadie parecía preocuparse, sus hermanos mujandi articulaban las piernas del pillante hundidos en un trance de sudor, pero si se asomaba a la cabeza de la máquina, Yabin bien podía ver a los Mujandi Rayi deliberando y señalando los jardines sobre la muralla. Se preocupaban.
Primer fruto, las espinas.
La monotona sinfonía del avance de los pillante se vio sorprendida por un estallido, un violento golpe en la arena. Yabin se agarró a una cuerda y dejó caer su cuerpo para mirar bajo sus pies, una gigantesca púa negra atravesaba la cresta de la duna. El paso de los hermanos en tierra vaciló, se asomaban tras el parapeto para ver la lanza clavada en el suelo. Yabin apuró la mirada y distinguió las flores azules palpitando, escupiendo.
Acto reflejo.
La lluvia de púas aceleró el paso del asedio y lo transformó en una carrera. Yabin obedecía únicamente las órdenes que involucraban manejar sus palancas y poleas, pero comprendía que la voz de Urman hacía correr al pillante para acercarlo a la muralla.
Médula.
Apenas habían llegado a la sombra que proyectaba Jebet sobre la arena cuando el pillante sufrió una violenta sacudida. Yabin se agarró instintivamente al resorte del ariete para no perder el equilibrio, no pocas veces vio hermanos morir por una mala caída. Yabin se asomó al vacío, una gigantesca púa negra había perforado la madera del coloso justo en su centro motriz, pero gracias a un acertado grito de Urman el pillante logró ponerse de rodillas para no caer, de manera que solo unos pocos hermanos murieron aplastados entre las articulaciones. Otro pillante cercano había sido decapitado por una púa certera y sus extremidades se movían vagas y sin propósito, ya no había una voz para coordinar los movimientos de la criatura, así que no tardó en estamparse de bruces contra las dunas, que quedaron manchadas de sangre y astillas.
Dentro del músculo.
Yabin se escurrió entre las vigas y poleas de su brazo, acusado por un sudor que le congelaba. Tal y como se le gritaba desde la cabeza, tiró y siguió tirando de una polea hasta que quedó extendido el brazo del pillante, apuntando con el ariete a la muralla.
"¿Por qué Urman haría eso?", Se permitió pensar Yabin exhausto por el esfuerzo. "El ariete queda muy lejos aún".
Discípulos del Aelgaman.
Sobre él los jardines de la muralla escupían púas a toda velocidad, las gigantescas flores azules se movían como cañones de una embarcación. Tras ellas, unas figuras ocultas bajo una tela blanca las agarraban del tallo y las eructaban. La madera de los pillante que estaba siendo hecha trizas poco a poco. Sus hermanos en tierra saltaban por los aires cuando una púa hacía estallar la arena cerca de ellos.
Roce de membrana.
La criatura de madera permanecía inmóvil con el brazo apuntando a la muralla, aún lejana. No llegaban nuevas órdenes para Yabin, que miraba ansioso la cabeza del pillante. Tardó en ver a Maubun subido a su lado y se sorprendió. Maubun era un hermano mujandi de Bagel con el que compartió tiraja, a veces entablaban breves conversaciones sobre tallados. Esta vez, Maubun ni siquiera miró a Yabin, con el cuerpo temblando cargaba con un cubo de bronce fatier a sus espaldas, y lo dejó frente al ariete del brazo sin intercambiar palabra. Yabin le vio desaparecer en el cuello del pillante.
Hasta que arda.
El grito desgarrado de Urman le sacó violentamente de sus pensamientos, Yabin obedeció por impulso, como si ni siquiera fuese títere de su propio cuerpo. Usó todo el poder de sus piernas para empujar la palanca roja. No se movía, el cuerpo astillado de la criatura debía estar atascando la palanca y el ariete no se accionaba. Urman repitió la orden, motivo suficiente para sufrir encarcelación. Yabin apuró su cuerpo hasta que un grito le abandonó el cuerpo, la palanca cedió con un golpe seco y Yabin cayó sobre la viga.
Gravados en sangre.
Los pillantes fueron diseñados por las mejores mentes de Bagel, gracias a su cuerpo articulado, funcionaban como embarcaciones andantes lo que les permitía adaptarse al terreno desértico y urbano por igual. Una tripulación bien entrenada podía realizar tareas de transporte y construcción, pero para el asedio de Jebet se les añadió arietes de impacto en los brazos para que pudieran agrietar sus muros a golpe de resorte. Ninguno llegó a acercarse a la muralla aquel día, sin embargo no es la madera lo que mata, sino el Mujandi.
Tesoros escritos.
Inmóvil el brazo del pillante que apuntaba a la muralla, y frente al ariete, había sido colocado un cubo de bronce fatier. Cuando Yabin activó la palanca, saltó el resorte del ariete que, aunque quedaba lejos de la muralla, sirvió para disparar el cubo fatier a toda velocidad.
Metabólica.
A yabin le gustan las cosas que conoce y conoce el fatier que explota. Aunque no viera el cubo sobrevolando la arena, pudo anticiparse al brutal estallido. La muralla reventó, el cubo de bronce de fatier había golpeado de lleno contra las piedras, que saltaron por los aires y aplastaron a plantas y hermanos por igual. El humo acabó por disiparse dejando ver la enorme grieta que Yabin había abierto en la muralla de Jebet. El agua brotaba a chorro desde la abertura y embarraba la arena.
"Ni en mil vidas recordó".
Hijo del cálculo.
Aún quedaban hermanos, estaban agrupándose en la abertura sorteando los escombros hacia el interior de la ciudad. Yabin se descolgó de una polea en el hombro de la criatura y puso los pies sobre la tierra, le gustaba esa sensación, era conocida. Miró hacia la cabeza del pillante, no la encontró, alguna roca traicionera lo abría decapitado durante la explosión.
"De manera que lo último que hizo Urman fue repetir una orden", pensó Yabin y se avergonzó por ello.
No son los ojos de quien ve, sino de quien mira.
Apenas exploró Yabin la vergüenza, conocida pero olvidada gracias a su buena mañana con los pillantes, cuando se sobresaltó por el empujón de un hermano, que le puso en el puño una espada aplastada. Yabin apenas entrenó con la espada.
Quien nace mujandi, crece mujandi y muere mujandi, o con suerte mujandi rayi.
Yabin entendía de cuerdas, poleas y las mil utilidades de una palanca. En momentos de extrema lucidez, podía sentir una energía viajando a través de la soga tensa. Siempre vio las espadas como herramientas desesperadas, impropias de un mujandi.
Para separar los extremos de una cuerda.
Otra marca, casi jatura.
Pero allí estaba Yabin, con los pies plantados en la arena encharcada, nunca había sentido un tacto así, era desconocido y sin embargo le gustaba. La muralla de Jebet se había quebrado, ahora el agua se habría pasó a bocanadas hacia las dunas. Otro hermano chocó contra Yabin a la carrera por entrar en la ciudad, chapoteando como en un sueño glorioso de abundancia. El pillante que estaba despedazado, su madera absorbía el agua que brotaba Roja de Jebet, como si deseara alimentarse para ponerse en pie de nuevo.
Tejido.
Sin el pillante, Yabin había terminado de ser útil, sin embargo tenía una espada en las manos. Los Hermanos le pasaban al lado jadeando, sumándose al tumulto que atravesaba los escombros. Los puños de Yabin apretaron la espada con la misma fuerza que a una soga firme y caminó. Caminó hacia la muralla de Jebet observando a sus hermanos, siempre los miró desde arriba operando alguna extremidad del pillante, así que no les tuvo en muy alta estima, pero en ese momento los ojos de Yabin estaban alineados con los de sus hermanos y vio sus rostros tensados por la alegría. Vio miles de cuerdas dibujando el triunfo.
"Ni en mil vidas", pensó.
Tiza negra.
Yabin fue marcado como mujandi a los pocos días de nacer, inclinaba la cabeza cuando se le colgaba boca abajo. Los SamYala interpretan ese gesto como una necesidad innata de querer equilibrar el mundo, así que le marcaron con una línea negra cruzándole la nuca de oreja a oreja. Desde niño se lo instruyó en contribuir con su vida al orgullo de Bagel. El funcionamiento, la eficacia y los mecanismos, así fue su vida durante 20 años, pero igual que una soga, empieza y acaba. Corrió hacia la muralla de Jebet. Corrió sin importarle la torpeza de sus piernas, en campo abierto. A Yabin le gustaba lo conocido y saltar por los escombros de la muralla no es muy diferente a las vigas y resortes por los que estaba acostumbrado a moverse. Adelantó a sus hermanos, espada en mano, saltó al interior de la ciudad. El segundo que pasó en el aire le pareció un día entero. Lo que vio le congeló el rostro y el corazón, aterrizaría en la sombra, sobre cientos de cadáveres.
Segundo fruto. Cáscara.
El cuerpo de Yabin golpeó el agua y se puso en pie abriéndose paso entre nudos incomprensibles de extremidades. El interior de la muralla estaba anegado hasta la rodilla y la vista se perdía en las profundidades de una caverna. A diferencia de los muros de Bagel, los de Jebet no custodiaban una ciudad orgullosa, sino pilares en la oscuridad, sosteniendo un suelo de roca. Decenas de hermanos flotaban entre las piernas de otros tantos en pie, algo había machacado esos cuerpos.
Nuevos hijos.
En aquella bóveda oscura, Yabin odió haberse alegrado por ser un hermano más. Sus pies sumergidos buscaban una cuerda, un saliente, algo que le hiciera sentir su pillante, pero solo pisaba en blando. Y aunque deseaba volver atrás, su cuerpo solo apretaba más y más fuerte la espada. Un sonido le detuvo, algo se movía en la oscuridad, la voz de un hermano señaló una sacudida del agua, otro desapareció en una alarido. Pronto se vieron rodeados por criaturas que se arrastraron entre el agua y los muertos. Salidos de la negrura, unos cuerpos cubiertos de escamas agarraban a los vivos y los sacudían violentamente hasta que chocaban contra el suelo o una roca. Solo cuando colgaba un amasijo de carne entre los dientes de aquellos lagartos, los cuerpos de los hermanos eran arrojados al agua sumándose al terrible mosaico flotante del que Yabin no podía apartar la mirada.
Eslabón.
Si los pies de Yabin eran torpes en campo abierto, sumergidos apenas le servían de nada. Jamás había visto tanta agua, una charca que se perdía en la profundidad bajo Jebet. Aunque pudiera correr, no había ningún sitio donde pudiera ponerse a salvo. Un lagarto pasó junto a él y le derribó con un golpe de su cola, peor suerte corrió el hermano al que despedazaron a pocos pasos.
Rayi.
Alguien le arrojó un pie cercenado alertando a Yabin, un hermano le hacía gestos para que le prestara su espada. Era la primera vez que Yabin recibía una orden de un igual, pero en aquel momento en pánico obedeció instintivamente, como si fuese una orden del mismo Al-Cumar. Nada más alcanzó la espada al hermano, este se abalanzó sobre un lagarto cercano. La espada apenas atravesó las escamas y la criatura se agitó, haciendo caer al único soldado valiente allí abajo. Lo que hizo Yabin después no puede considerarse valor, es solo que le gustaba lo conocido. En un momento así, hizo lo único que se le enseñó a hacer, agarró la cola de aquel lagarto, sin pensar en lo que hacía, y tiró de ella con todas sus fuerzas. Él se sacudía, pero las manos de Yabin habían contenido cuerdas mucho más violentas que esa.
La línea vertical.
El lagarto se volvió hacia Yabin, solo su boca era tan grande como un hermano, y al mostrarle sus dientes supo que podría tragarlo vivo si quisiera. Pero un filo soltó un destello en el cuello de la criatura, y aquel Soldado emergió del agua con la espada de Yabin en la mano. Frenético golpeó al lagarto una y otra vez con la hoja que, aunque no era capaz de atravesar sus escamas, sin duda lo amonestaba. Tras una violenta sacudida, se dio la vuelta para huir de aquella espada furiosa. A Yabin, que estaba completamente paralizado, ni siquiera se le pasó por la cabeza soltar la cola del lagarto, así que fue remolcado junto al lagarto en su huida.
Tercer fruto.
Promesa.
Aquella criatura se adentró a zancadas en la oscuridad, arrastrando a Yabin en la cola. cuanto más profundizaba en la bóveda, más fría sentía el agua y más profundo el suelo. El lagarto comenzó a nadar, Yabin notaba las escamas del lagarto en sus manos pero no las veía, no veía nada en aquel lago oscuro. Fue allí cuando tuvo otro momento de lucidez y comprendió que aquello que estaba agarrando se movía por una fuerza propia que no estaba contenida en una cuerda, sino que era la cuerda. Entonces se soltó la criatura, siguió adelante y su sonido se perdió entre los gritos lejanos de sus hermanos. Yabin se quedó allí solo en la oscuridad, tiritando y hundiéndose. Qué manera tan miserable de conocer la magnífica ciudad de Jebet Ubat Sauda.
Hace tiempo, Yabin llenó sus manos con agua y se sintió dichoso, en aquel lago, ni en mil vidas.
Fuentes:
Chinche rojo Audiolibro. (s.f.). Zeb / y dev 6.4 en volver a Tragarse los pájaros & 8081 de brilla Baby Locus 7 completo [Video]: https://youtu.be/LBjSwFGdp10?si=5ek4ovb49ZSK2WS2&t=7182
Mr Jagger. (s.f.). Zeb / y dev 6.4 en volver a Tragarse los pájaros & 8081 de brilla Baby Locus 7. Pg. 82 - 90.

Comentarios
Publicar un comentario