Microrelato: Una distopía de mujeres y cetáceos, o algo así.

 

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Me llaman CFC-112, hoy está lloviendo. La supervisora Klara tiene sus nudilleras de plomo, así que hoy no voy a escapar.

Siete de la mañana, rutina de siempre. Suena la alarma, rutina de siempre. 

Los grilletes se clavan a mi piel, tendrían que inyectar adrenalina para embotar mi cerebro, pero no lo hacen. Hace tres semanas me cayó tinta dentro, la tinta rompió algo del mecanismo, pero no sé el que, dudo que alguien como yo lo sepa. Vivo para comer y dibujar hombres besándose.

30 minutos de aseo, rutina de siempre. 

Podré ir al baño una vez cada tres horas, y tengo 6 minutos para hacer mis necesidades. No más. Si tardo más me sacarán arrastras y me darán un castigo.

Todas las semanas hay sorteo, rutina de siempre. Se supone que es aleatorio. A uno de nosotros se nos permite luchar por nuestra libertad contra la supervisora de turno. Es una trampa, medimos un cuarto de aleta, ella medio. Pesamos 55 kilos, ellas 88, no hay oportunidad. O eso pensaba.

La supervisora Lisson pesa 64 kilos, está en tratamiento por haber salido de un coma etílico, ella no lucha, solo supervisa. Creo que podría levantarla, mis músculos son débiles, pero entreno levantando la mesa de mi cuarto y comiendo lo mejor que puedo. 50 kilos es el máximo peso muerto que estimo levantar, espero que la adrenalina haga un milagro.

Hoy no esta lloviendo, la supervisora Lisson no usa nudilleras, prefiere un taser. Estará aquí toda la semana, espero que llueva, pasarán meses antes de que vuelva a ser nuestra supervisora. Eso es un problema, cuanto más tiempo pase más posibilidades hay de que descubran el fallo en mis esposas. Pero nadie revisa eso, no forma parte de la rutina de siempre.

8:00 de la mañana, hora de la costa sur.

Sopa de coco y dos tercios de pez raya sin veneno. Media hora en el comedor donde todos desayunamos antes de volver al trabajo. No hablamos. Llevamos 2 horas trabajando desde que nos despertamos y nadie tiene ganas de hablar. No hay nada de que hablar. Todo lo que teníamos que conocer se nos enseñó en el primer año de formación. Me gustaba la escuela, en esos tiempos solo tenía una pulsera, nada de grilletes, nada de esposas, los mismos camisones azul marino que se pegan a la piel como reguladores. No permiten demasiado frío. No dan mucho calor. Rutina de siempre.

Echo de menos a Mirban. Nunca hablé con él, pero él hablaba con todos. Nadie le prohibía hablar, pero había cosas de las que no hablaba. La supervisora Caber le rompió la mandíbula en un combate y le fracturó la muñeca. Aprendió a escribir y dibujar con la otra mano. Seguía hablando lo mejor que podía.

Mirban murió hace dos años, dicen que se les olvidó quitar el veneno a la raya que se comió. Sabemos que es mentira. Lo mataron por hablar demasiado, por salirse de la rutina de siempre. Nadie le respondía cuando hablaba, pero nos daba esperanza a todos.

Mirban no era su nombre. Mirban es el nombre de un protagonista de tebeos. Un joven amigable y sensible, un pintor surrealista, demasiado enamorado del arte y el jazz como para pensar en mujeres o problemas. Él no se besaba con otros hombres, pero ellas nos obligaron a dibujarlo así, débil y sumiso.

No lo olvidaré jamás. Mirban se llevó las manos a la garganta cuando notó el veneno, se levantó y miró a las supervisoras que no movieron un dedo por él. Recuerdo sus últimas palabras. "Mirban no le teme a la muerte porque la muerte es hermosa y una amante paciente. Si aquí muero, será como desees, ama". Se desplomó y el veneno le causó espasmos durante 40 minutos en los que no gritó.

Nadie hizo nada para ayudarle. Lo siento, Mirban, si realmente hay otra vida y me estás escuchando, quiero que sepas que lo siento. No me quise mover. No quise ser el siguiente rebelde al que señalan. Pero escaparé de aquí. Lo haré por ti, porque tú siempre creíste en nuestra libertad.

5:15 de la tarde, hora de la costa sur. Llevo 3 horas seguidas trabajando sin descanso, si mi ritmo de producción se retrasa habrá castigo. Si descubren que mis grilletes no funcionan habrá castigo. Si descubren que he tirado tinta me sacarán los litros derramados en sangre.

La supervisora Lisson entra en mi cuarto. Son 4 paredes plateadas sin reflejo, una lámpara led y una cama junto a la mesa de titanio macizo.

Lisson toma mi última página realizada, dos hombres abrazándose en una ciudad en ruinas. Pone una mueca. — ¿Por qué son tan jóvenes? — agacho la cabeza. Su mano levanta la placa grapada en mi hombrera. — Responde CFC-112.

— La superiora Klara exige 50 tomos de esa historia para finales de esta semana.

— Esa mujer está mal de la cabeza, estos dibujos aparentan 16 años... ¿No te parece?

Es una trampa. No puedo saberlo. Nos crean con este cuerpo, toda mi existencia, desde que salí de la máquina hasta que muera voy a tener este cuerpo. No se lo que es crecer. No se lo que es la edad. ¿Por qué me hace esa pregunta?

— Desconozco la respuesta, supervisora Lisson.

— Puedes llamarme Lissi.

— Desconozco la respuesta, supervisora Lissi.

Lisson afirma para si misma, se ajusta la gorra y sus cabellos cereza. — Vengo a despedirme, CFC-112, ya tengo 26 años.

Las mujeres mueren a los 27, cuando las venas fuertes maduran y el exceso de sangre bombeada las mata de un ataque.

27.

9 fragmentos por existema.

La bendición para la servidumbre plena. Segundo decreto de la guía de los cristales fragmentados.

Todo en orden.

Todo en rutina.

Rutina de siempre.

No pongo expresiones en el rostro. Las expresiones son síntomas de pensamiento independiente. El pensamiento independiente de los hombres debe ser castigado. Regla no escrita.

— Se que te preguntarás porque te digo esto — Lisson me pone una mano en el hombro. — Esta es mi última semana aquí, después me entregaré a la factoría.

No se que es la factoría. He oído hablar de la factoría, pero en la escuela no nos dicen lo que es. Es algo del mundo fuera de estas paredes. Cómo la lluvia que resuena en los tejados, o los sonidos de cetáceos y calamares que merodean por el cielo. Yo nunca he visto el cielo. Si esta mujer se va, nunca veré el cielo. No seré libre.

Agito la cabeza cuando Lisson me acaricia el pelo. Cosquillas. Es agradable. ¿Qué cojones?

— Se que estás preocupado por mí. Por lo de mi coma etílico y todo eso, noto como me miras cuando las otras supervisoras se ríen de mi situación en los comedores todos los días — Deja de acariciarme la cabeza. El agobio vuelve a mi cuerpo. ¿Habré mostrado demasiadas emociones? — Lo hacen a propósito, apuestan por ver cuántas veces te giras disimuladamente.

Fallo crítico. 

He llamado demasiado la atención. 

Me van a sacar las espinillas en el próximo sorteo de suerte. Demasiado pensamiento independiente. Tengo que escapar antes de eso. Esta semana tiene que llover. Por favor, si alguien escucha esto, que haga que llueva esta semana.

— ¿No quieres decirme nada? — Dalea la cabeza, ¿Ella quiere sentimientos recíprocos también? No había visto a ninguna hacer eso antes.

— No quiero que te vayas — digo.

Pone una sonrisa de costa norte. — Vosotros vivís el triple de tiempo y eso, ¿No?

— 81 años.

Cierra los ojos y se lleva un dedo a la frente. — 40 eclipses duales.

— 40 coma 5.

— Casi — sonríe de nuevo. Dos sonrisas reales en un día. Es un milagro. — Nunca se me dieron bien los cálculos, me sientan como una patada en el centro de la pelvis. — Se ajusta la gorra de nuevo. — Adiós, CFC-112, les pediré que no sean muy duras contigo.

Se cierra la puerta.

En otra vida podríamos haber sido amigas. En otra vida yo no estaría aquí. En otra vida, pero en esta no.

Si mañana llueve, lloraré, y cuando entre en mi celda preocupada tendré que matarla. Entonces podré tomar su taser y sobrecargar el mecanismo para que se rompan los grilletes. Entonces podré tomar sus llaves y cartas, abriré las puertas.

La lluvia borrará mis huellas. Seré libre.

Seré libre y la muerte de Lissi me liberará.

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